jueves, 14 de agosto de 2008

MI INFANCIA

Los niños, como la vesícula biliar, son adorables cuando son de uno. No se puede negar que alegran el hogar, dan compañía y si uno se descuida pueden incluso convertirse en el futuro de la patria. [...]
Una cosa, pues, son los hijos y otra, los niños. Están muy bien los hijos. Pero convengamos en que los niños –que son los hijos de los demás– resultan odiosos.

Yo, personalmente, me siento incómodo, nervioso e inseguro ante ellos. Son gente que reacciona de las más raras maneras. Muchas veces pasó que me correspondía, en el asiento del lado en un bus o en un avión, uno de esos pequeños monstruos de ojos grandes que lo observan a uno en silencio y con la boca abierta mientras la mamá conversa con la vecina en el puesto de más allá. Queriendo congraciarme con el inquietante espía de tres años, le hice una mueca (me avergüenza confesarlo y me sonrojo al solo pensar en ello), le guiñé un ojo o le sonreí grotescamente. Pero, lejos de provocar una respuesta de simpatía en el niño, lo que hice fue espantarlo y suscitar primero un terremoto de sollozos y enseguida un llanto estridente y descarado. El epílogo fue siempre el mismo: La mamá se volteó asustada por el berrido del pequeño, éste me señaló mientras balbuceaba –entre mocos y lágrimas– cosas ininteligibles, y la madre acabó rescatando su pequeño Frankestein y alzándolo en los brazos con una mirada digna. En esos momentos, colorado hasta las orejas y objeto de todas las miradas, quise que el avión se cayera o que al bus se lo tragara la séptima.

Precisamente me mortifica esa facilidad que demuestran los niños para la lágrima. Lloran por
todo. Si la comida no es de su agrado, berrean que parte el alma. Si los padres quieren ir a cine, lanzan chillidos para hacer pensar a los vecinos que los están quemando con una plancha; [...] ¿Cómo puede le mundo cifrar sus esperanzas en gentes que adoran la compota fría de hígado con mermelada? También son monotemáticos: si les gusta un chiste, una mueca, una pequeña pantomima, la harán repetir mil veces. Y en todas las ocasiones se reirán y pedirán otra. Hasta que el adulto indefenso y desesperado, pone fin a la función. Entonces vienen los pucheros, los sollozos, el berrido...
Los niños son sucios. Comen mocos, juegan con lo que encuentran en los pañales, se pipisean en los pantalones, se chupan el dedo gordo del pie. Los niños son sapos; acusan, cuentan los secretos, anticipan las sorpresas, revelan los escondites. Los niños padecen el terrible vicio de la sinceridad. Si uno le comenta a un amigo que faltó a la reunión porque estaba enfermo, siempre estará el niño listo para aclarar que no era que el papá estuviera enfermo sino que prefirió irse a comer a la casa de tío Ernesto, que es el rico de la familia. Los niños son chismosos: Papi, ¿este señor es el que mami dice que es un viejo pendejo?»... (Mayo, 1979)